Fue el cristianismo el que condenó la palabra 'bruja'. Era una de las palabras más respetadas, tanto como 'místico', un hombre sabio. Significaba simplemente una mujer sabia, el paralelo de un hombre sabio.
Pero en la Edad Media el cristianismo se vio enfrentado a un peligro. Había miles de mujeres que eran mucho más sabias que los obispos, cardenales y el Papa. Su filosofía se basaba en el amor y la transformación de la energía sexual. Después de todo, es una madre. La cualidad de los sentimientos maternales no es algo relacionado con la edad, forma parte de ser mujer. Y la transformación de la vida de las personas necesita una atmósfera muy amorosa, una transferencia muy maternal de energías.
Para el cristianismo, era un competidor. Y el cristianismo no tenía nada que ofrecer que pudiese compararse a eso, pero estaba en el poder. Era un mundo de hombre hasta entonces; y decidieron destruir a todas las brujas. ¿Cómo destruirlas? No era cuestión de matar a una mujer, sino a miles de mujeres. Así que se creó una corte especial para investigar, para descubrir quién era una bruja.
Cualquier mujer de la que los cristianos decían que había tenido influencia en la gente y a la que la gente respetaba, era capturada y torturada, tanto que tenía que confesar. No dejaban de torturarla hasta que confesaba que era una bruja. Y habían cambiado el significado de la palabra. Según la teología cristiana, una bruja es alguien que tiene una relación sexual con el diablo.
Forzaron a estas pobres mujeres a decir que estaban teniendo relaciones sexuales con el diablo. Muchas de ellas se resistieron mucho, pero la tortura era demasiado. Trataron de decir que no tenían nada que ver con el diablo, que no había nada que confesar. Pero nadie las escuchaba.
Una vez que la mujer confesaba, dejaban de torturarla y la llevaban a los tribunales para confesar, en este caso, ante la corte, que podía castigarla porque el suyo era el mayor crimen a los ojos del cristianismo.
En realidad, incluso si la mujer hubiera tenido una relación sexual con el diablo, eso no es asunto de nadie más, y no es un delito, porque no está haciendo daño a nadie.
El único castigo era ser quemada viva, para ninguna otra mujer se atreviese a ser una bruja de nuevo. Destruyeron a miles de mujeres e hicieron desaparecer completamente una parte muy significativa de la humanidad. Y la sabiduría que estas mujeres contenían...
**Extracto de 'El libro de la mujer', de OSHO.
Debido a mi profesión, y al medio en el que trabajaba hasta hace un mes, he tenido la suerte de hablar con varios agricultores. En realidad nunca he dejado de hacerlo, pues mi familia materna es de tradición agroganadera. De un tiempo a esta parte, prefiero que mi abuelo no me cuente mucho porque, cuando lo hace, se apoder de mí la vena asesina. El problema es que ni siquiera existe alguien físico contra quien arremeter y me veo obligada a pasar de la furia a la resignación, algo que no soporto. Cuenta mi abuelo que hasta hace dos años el campo les daba para vivir decentemente. Que conste que mis abuelos no son grandes latifundistas bañados en oro sino que cuentan, sencillamente, con dos parcelas en el Valle del Alagón. Desde entonces, todo ha ido a peor. Y si el trabajo de este sector es ya arduo en sí mismo, ahora ven cómo les pagan cada vez menos por la leche que extraen de las vacas. Para más inri, la futura autovía Ex A1 les ha invadido media parcela y se han tenido que deshacer de buena parte del ganado. "No sé qué vamos a hacer". Eso era lo que me decía hoy, con expresión preocupada. ¿Por qué no se apuesta por los agricultores de toda la vida y los productos de la tierra, en lugar de importar los productos? ¿Por qué le pueden quitar impunemente a una persona su medio de vida sin preocuparse por su situación futura y negándole el dinero de la expropiación hasta que la vía no esté construída? ¿Por qué nos tenemos que apretar el cinturón quienes ya lo tenemos más que ceñido al cuerpo, mientras los que pueden hacer algo van sin protección, tomando una copa y enseñando medio cuerpo por la ventana? Una vez más, ver para creer.
Resulta tan sorprendente como gratificante comprobar cómo, en medio de esta representación plagada de actores de pacotilla que intentan vendernos, día sí y día también, todavía quedan personas excepcionales que aportan dos elementos fundamentales: lucidez y esperanza. Lo primero es evidente, la claridad y argumentación de sus explicaciones no deja lugar a dudas. En cuanto a lo segundo, quizá lo haga sin darse cuenta o, quizá, el objetivo del mensaje dependa de cada receptor. A mí, al menos, es lo que me ha transmitido. Decir que Carlos Taibo es una de las personas más interesantes que he conocido en mi vida sería una banalidad. Sólo es preciso escucharle para darse cuenta de que lo es. Mi deseo es que su mensaje llegue al mayor número de personas posible y que los políticos aprendan de él. Su discurso sí es objetivo, real y acorde con los intereses generales. Y qué decir con la teoría del decrecimiento, totalmente de acuerdo. Quien quiera más información sobre este pensador, sólo tiene que buscar información en internet. No apto para pusilánimes.
Releyendo las entradas de mi blog, da la sensación de que me gusta criticar por sistema. Reconozco que el conformismo no es lo mío, pero tampoco lo es hablar por hablar (excepto el programa radiofónico). Lo que trato de decir es que cuando expreso mi opinión sobre temas candentes lo hago porque creo firmemente que es algo injusto y que se está atentando contra los derechos de mucha gente. Tampoco quiero ser repetitiva, pero hay tantos asuntos y tan variados, que me habría resultado imposible no abrir la caja de pandora al comenzar con este espacio.
Anoche di con un reportaje sobre el dinero que emitían en TVE1. Se hablaba de la crisis, de inversión en bolsa y de ese lugar recóndito en el que estará ese activo que nadie tiene o parece tener. Daba su opinión también un chico joven, de treintaytantos, casado y con dos hijos a su cargo. Habitual trabajador de la construcción, había visto como desde hace meses nadie le contrata. Ahora, el Estado le ofrece el subsidio de 426 euros, porque era autónomo y no tiene derecho a paro. Como mucha gente que pertenece o ha pertenecido a este colectivo, incluída yo. Un dinero con el que tendrá que hacer frente a todos los pagos que conlleva una casa y una familia. "Ojalá no tenga que tirar de esos 400 euros", decía. Lógico, eso significaría que ha encontrado un trabajo. En otro punto de la entrevista, este chico comentaba que, hoy en día, los ciudadanos "sólo trabajamos para el Estado y los bancos" y, a medida que seguía viendo el reportaje, más razón me parecía que tenía con esa frase. Trabajamos para producir y consumir lo que producimos. Triste realidad, pero así es. No es tarea fácil dirigir un país, no cabe duda, pero tampoco lo es sacar adelante a tu familia con una miseria al mes. Ha habido años de demasiada bonanza económica y ahora pagamos las consencuencias. Lo malo es que las pagamos todos, hasta los que siempre han sido inocentes.
Dos días después del tan anunciado 29-S todo sigue igual. Exactamente igual de mal. Los sindicatos propagaron que la huelga había sido 'un éxito', cuando todos vimos que eso no era cierto. El Gobierno le resta importancia y dice que se ven indicios de "descontento" entre la ciudadanía. Tremenda hipocresía. ¿Indicios? Toda España está descontenta. El PP también ha hablado, refiriéndose al "fracaso" de la cita y aprovechando para volver a deespotricar contra el Gobierno en lugar de proponer algo. En fin, de la oposición mejor ni hablar. Los trabajadores por cuenta ajena no hicieron huelga por miedo a represalias. Los autónomos tampoco, porque sus condiciones ya son lamentables y no pueden permitirse un día sin ingresos. Y los funcionarios porque no querían perder el dinero que les supone un día sin trabajar. Miedo. Miedo a raudales por todas partes. Y yo me pregunto, ¿hasta cuándo todo esto? No quiero ser repetitiva, pero estamos sumergidos en un mar de confusión, injusticias y ataques a los derechos sociales. ¿Cuánto tiempo más aguantaremos todo este despropósito?
A lo largo de nuestra vida tenemos ciertas citas que son ineludibles. La del 29 de septiembre es, para mí, una de ellas. Participar en la huelga es un derecho pero, en estos días, es también un deber moral. Están sucediendo tantas cosas y de tal magnitud, que lo realmente grave sería no acudir. Hace tiempo, el presidente del Gobierno anunciaba que “las personas con más capacidad económica tributarían más”. No ha vuelto a saberse nada hasta hoy. El Ejecutivo nos ha sorprendido, una vez más, diciendo que se aumentará el IRPF a quienes tengan rentas más altas. No sería sorprendente si no fuera porque lanzan el mensaje a tan sólo cinco días de la huelga. Aunque también es cierto que, en su día, Zapatero dijo que esta medida estaba supeditada a que hubiera pacto en los presupuestos, algo que ya tienen. Aunque ése es otro tema, que también daría para hablar largo y tendido.
El caso es que el miércoles se ha convocado una de las citas más importantes de los últimos años. Y no es algo meramente sindical. Me consta que muchas personas están desencantadas con estas agrupaciones. Tampoco me extraña. Pero no hay que dejarse llevar por unas siglas. Lo importante es que ese día podemos ejercer nuestro derecho y dejar claro que estamos hartos de todo este teatro. La unión hace la fuerza. Y esta huelga, en estos momentos, es holgadamente necesaria.
Los cambios son necesarios, inevitables. Cuesta tomar la decisión y pensar en las posibilidades que se abren en todo su esplendor si nos decidimos a tomar otro camino. Nadie nos asegura nada, ni tenemos la certeza de que vaya a ir mejor. Pero, como decía antes, hay ciertos momentos en que son necesarios. Éste no pretendía ser un blog personal, pero no puedo evitar incluir algún tinte de mí.
Hace dos días dejé mi trabajo. Después de cuatro años y medio, ya había decidido que eso no era lo que quería y que no quería seguir en esa línea. Y no fue algo que haya pasado de la noche a la mañana, sino algo que no podía ser de otra manera, en este momento preciso, por mil razones. El cúmulo de reflexiones, sentimientos y experiencias que llevan a alguien, en un preciso instante, a hacer alguna cosa, es algo que nadie, por muchas conjeturas que haga, puede adivinar.
No entiendo cómo permitimos que nos ninguneen, nos traten sin respeto, sin consideración alguna, que seamos simples monedas de cambio y, sin embargo, no hagamos nada. No entiendo cómo no existen valores, cualidades, objetivas y universalmente 'buenas', cuyo cumplimiento todo el mundo se debiera autoimponer por ética. No entiendo que las personas no importen y que prevalezca el desarrollo económico al humano. Y no entiendo que la gente no entienda lo que digo. Ni siquiera trato de que lo hagan, me conformo con seguir teniendo encendida la lámpara de noche.
"No necesitas ver toda la escalera. Sólo dar el primer paso". Luther King
La complejidad del mundo hace que existan múltiples cuestiones que se escapan a la mente humana y que nunca vamos a conocer con certeza. Véase el origen del Universo, de la vida o la muerte. Son temas trascendentes que, sin embargo, no están a nuestro alcance.
En el lado contrario se sitúan asuntos de suma importancia a los que tampoco se les da solución, pese a parecer de sentido común. Y no es que sean inabarcables sino, sencillamente, que falta de voluntad e interés. Acabar con la pobreza, y me refiero a la que hay dentro de España, es uno de ellos. Publicaba Cáritas, a principios de junio, un informe en el que se reflejaba que más de nueve millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza dentro de estas fronteras. Nueve millones de personas, que se dice pronto. En cambio, siguen recortándose ciertas ayudas sociales y prestaciones, con lo que estas personas difícilmente darán salida a su situación.
En la parte contraria, y según el XIV Informe sobre la Riqueza en el Mundo, se sitúan 143.000 individuos, también dentro de España, cuyo patrimonio se alza hasta el millón de dólares. El Gobierno no controla lo suficiente a estas personas, puesto que tributan mediante el Impuesto de Sociedades, y siempre es más fácil pasar por alto cuantías de dinero.
Se han propuesto en varias ocasiones medidas encaminadas a una reforma fiscal y a evitar el fraude. ¿Dónde están? El presidente del Gobierno anunció hace meses que las personas "con más capacidad económica" tributarían más. Y ahora dice que esta medida está supeditada al pacto de los presupuestos. Si se hubiera puesto en marcha cuando se anunció, seguramente las arcas del Estado habrían recaudado un buen pico. Pero claro, es más fácil quitar dinero a quienes, por su situación más desfavorecida, no se quejan, aunque pasen las de Caín para llegar a fin de mes. Y no dar una solución para que tengan una vida digna. En los despachos de la Moncloa y del Congreso de los Diputados, y en los asientos de los aviones de primera clase, se está de rechupete, pero quizá debería hacer un esfuerzo y pasearse de vez en cuando por los barrios obreros de cualquier ciudad, para ver lo que es el día a día real. Y luego actuar en consecuencia.
Lo dicho. Incomprensible.
Leo con asombro que el presidente del Gobierno dice que la reforma laboral se aprobará sí o sí. Que le da igual que los sindicatos estén en contra. Que la reforma del mercado de trabajo y de las pensiones seguirá adelante porque sí. Porque hay que hacer "sacrificios" para salir de la crisis y que "la gran mayoría de le sociedad española sabe que son necesarios".
Intentaré desglosar tanto despropósito junto. En primer lugar, los sindicatos, siempre teóricamente, representan a los trabajadores. A esos millones de personas que con su sudor y esfuerzo están sacando adelante este país día tras día. Eludir lo que dice este colectivo e ignorar su oposición viene a ser lo mismo que rechazar lo que dice la población, aunque ésta no se termine de ver representada ni en CCOO ni en UGT. Pero su deber es hacerles caso o, al menos, llegar a acuerdos.
Nos dice también que hay que hacer sacrificios. Un esfuerzo no es bajarse el sueldo un 15 por ciento tanto él como el resto del Gobierno. Porque él se lleva 85.000 euros al año, prácticamente lo mismo que cualquier trabajador asalariado. Y eso no es austeridad ni espíritu de sacritifio. Sí lo sería, en cambio, bajarse el sueldo en mayor medida, tanto él como todo el elenco que le rodea y deshacerse de personal que está recibiendo un salario mensual (salario que pagamos todos) y que no hacen más que colocar los pies encima de la mesa del despacho. No tengo cifras ni manejo números, pero estoy segura de que eso contribuiría a que las arcas del Estado ahorrasen. Pero en lugar de despojarse de privilegios, es preferible vendernos un discurso de 'necesidad' de ciertas cosas para que terminemos pagando sus excesos los de siempre. Porque abaratar el despido, recortar en Ley de Dependencia, en pensiones, en ayuda a la maternidad y en Ayuda Oficial al Desarrollo no es austeridad. Ni tampoco es una política socialista. Que dejen de vendérnoslo así.
Y dice también Rodríguez Zapatero que "la gran mayoría de la sociedad española sabe que los sacrificios son necesarios". Esto ya es la repanocha. Es decir, que no sólo ponen en marcha medidas alejadas en su totalidad del ciudadano, sino que además tratan de convencernos de que es lo que queremos. Pues no. Eso no es lo que queremos. Lo que la gente quiere son políticos que realmente se preocupen de sus problemas. Que la inmensa mayoría dejemos de ser meros productores y consumidores, dedicados a mantener a la élite política. Y que no nos vendan una moto que ni siquiera queremos comprar.
No intento echar piedras contra el Gobierno de Zapatero. Estoy convencida de que si los gobernantes fueran del PP nos abrumarían con medidas iguales o peores. Lo importante es seguir manteniendo ese bipartidismo que les perpetúa en el trono a ambos. Lo demás da igual. Y yo me pregunto. ¿Para cuándo unos políticos dignos? ¿Ya no existe de eso? Prefiero pensar que son como las meigas.